Nos movemos por los deseos.
Los que amamos, a los que protegemos, por lo que luchamos, lo que soñamos.
Desde el momento que nacemos reclamamos lo que deseamos.
Exigimos que se nos entregue, que nos sea dado.
A lo largo de la vida trabajamos para cumplir nuestros deseos. Algunos luchan con todas sus fuerzas para cumplirlos, encaminando todo su día a día hacia este deseo. Otros, lo ven morir en la distancia. Y es que es un acto de valor y heroicidad el luchar por lo que deseamos. Un acto que no todo el mundo está preparado a encarar.
Crecemos, y poco a poco nuestros deseos crecen con nosotros, cambian, evolucionan o mueren. A veces, lo que siempre habías deseado, aquel fuerte anhelo apaga y desaparece. Otros, aquel deseo perdura en el tiempo, devuelve o se intensifica.
Perder o ver morir un deseo puede hacernos perder a nosotros mismos y nuestra identidad. Hacernos dudar de nosotros, de quienes somos y porque hemos estado luchando. Pero el hombre es un ser egoísta y pronto veremos que hay más o nuevos deseos viviendo dentro de nosotros, algunos, enterrados en el tiempo, esperando el mejor momento para resurgir.
Son estos los deseos «primigenios» que nos definen, los que nos hacen ser como somos, los que nos hacen ser quienes somos. Los vemos claramente si miramos a nuestro interior, a los que damos más importancia por encima de todo. Aquellos que si los perdiéramos nos perderíamos a nosotros mismos.
Sentir el viento en la cara
La hierba bajo mis pies
Dejarme mojar por la lluvia
Y ser una con la nieve
Este es mi mayor anhelo y quién soy. Durante un tiempo he quedado en un segundo plano y me he perdido a mí misma pero ahora se que es lo más importante para mí, o mejor, lo he recordado.
Un deseo primigenio no sólo mío, sino compartido con la humanidad, a pesar olvidado. Compartido con todo ser vivo. Pues ¿Qué es el hombre sino un animal que trata de cortar incomprensiblemente sus vínculos con la naturaleza sin darse cuenta de que es la naturaleza misma la que nos define?